En estos días nos confunde lo acaecido en el campamento de la dignidad, campamento de protesta saharaui de Gdem Izik, a 18 km al este de El Aaiún. Entre arena y piedras se han montado 7.500 jaimas y las más de 20.000 personas que en ellas albergan reivindican igualdad en el trato para los saharauis en el Aaiún respecto a los marroquíes no saharauis. El campamento ha sido levantado a la fuerza. Se ha llegado a calificar de genocidio a lo ocurrido en el Aaiún. Lo que realmente ha de condenarse con contundencia es el apartheid de los campamentos en Tinduf. Ochenta mil refugiados saharauis son asilados por Argelia en un desierto rocoso volado por el siroco. Las mujeres limpian sus jaimas pulcramente, como si en ese mismo momento fuera a llegar del frente su hombre o sus hombres. Padres e hijos están en el frente Polisario a la defensiva de un posible ataque de Marruecos. En los campamentos no hay botín alguno. Sólo en cada jaima queda un baúl azul con las pertenencias mínimas de la nostalgia de una casa junto al mar, abandonado hace ya 35 años. Con paliativos de ayuda humanitaria, han resistido cargando de piedras sus riñones; embajadas de paz han presentado su causa al mundo: la reivindicación de una patria saharaui. Bajo el slogan de patria o martirio han celebrado ya 35 años el día de la patria, exigiendo soberanía. Un líder Polisario amenaza con estar preparados para la guerra contra Marruecos. No a la guerra, ¿acaso alguna guerra puede llamarse santa, siquiera justa? Más esperanzas pueden alimentar los cuarenta y cinco minutos de conversación sobre el Sahara de las señoras Clinton y Jiménez, habida en Lisboa. ¿Autodeterminación soberanista? ¿Autonomía en el Reino alauita? La debilidad del pueblo saharaui nos puede ganar la complicidad contra el Gobierno de España, que ejerce su diplomacia en no ser único responsable del exilio de Tinduf.
